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19 enero, 2013


 
Hubo un tiempo —el tiempo siempre importa— en el que creímos compartir un futuro. Por construir, pero un futuro al fin. Los humanos, los europeos, los españoles, los catalanes, los barceloneses, mi familia y mis amigos; la tuya, los tuyos y tus vecinos.
La gran geolocalización llegó sin avisar. Cada uno quedó pegado a su sitio, adscrito, estigmatizado, estereotipado, como las selecciones deportivas que desde siempre han tenido o carácter o estilo, según la época.
La nube global ensombreció las ciudades una a una: primero, la ciudad, y después, el área rural a su alrededor, y así hasta la siguiente ciudad… Recalentaba el cerebro de sus agobiados habitantes incapaces ya de razonar con cordura, o siquiera razonar.
“Geography matters!“ exclama indignada la geógrafa Doreen Massey desde la Open University, pero no en el sentido de culpabilizar a unos u otros, sino como expresión de un conjunto de relaciones y flujos dinámicos, de poder.
Griego, turco, alemán, ¡qué más da! El lugar como disfraz de estructuras arcaizantes que quisieran congelar el tiempo, esquivar la transparencia, controlar la marea humana que teje relaciones, debate a la luz pública y comparte lo que encuentra.
Desde luego, el lugar importa. Pero, quizás, no tanto. Quizás seamos más bien diversos cada uno respecto al otro y muy diferentes cuando nos organizan por grupos. Pero quizás estemos de acuerdo en más cosas de las que nuestros representantes son capaces de acordar.
Porque lo que no funciona ya nos lo sabemos. Y es en todos los sitios igual.

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