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29 enero, 2013

No le digas a tu abuela que me viste en Londres ...

 
« No le digas a tu abuela que me viste en Londres sin sombrero». Con esas palabras se dirigía hace mucho tiempo a Mary Douglas en Regent Street su tía abuela Ethel. Cuenta la gran antropóloga («La rebelión del consumidor» en Estilos de pensar ) que la extravagante tía abuela Ethel, a quien ella admiraba por su buen gusto y originalidad, intentaba no sin temor escapar de ciertas reglas de etiqueta y consumo.
 
 
La mayor parte de las rebeliones del consumidor, dice Douglas, son simbólicas, son gestos de independencia. Sin embargo, sostiene, fuera de los mecanismos de censura de la comunidad, existen cepos para atrapar al desertor.
Por decirlo con el criminólogo Gabriel Tarde, existen unas leyes de la Imitación, unas epidemias de la imitación. Los grandes estudiosos del consumo o de la moda (Veblen, Spencer, Tarde, König y, por supuesto Simmel) siempre han partido en efecto de la imitación a la hora de explicar el fenómeno de la moda.
 
En el insuperable texto «Filosofía de la moda», que apareció en el primer número de Revista de Occidente , Simmel considera que la imitación, a la que define como «hija del pensamiento y la estupidez», «proporciona en el orden práctico la misma peculiar tranquilidad que en el científico gozamos cuando hemos subsumido un fenómeno bajo un concepto genérico». La imitación, dice, libera al individuo «del tormento de tener que elegir». «La moda es imitación de un modelo dado y satisface así la necesidad de apoyarse en la sociedad; conduce al individuo por el mismo camino que todos transitan y facilita una pauta general que hace de la conducta de cada uno un mero ejemplo de una regla. Pero no menos satisface la necesidad de distinguirse, la tendencia a la diferenciación, a contrastar y destacarse». Con extraordinaria lucidez vio Simmel la coexistencia, en la moda, de la tendencia a la igualación social y la tendencia a la diversidad y al contraste individual.
 
 
De ahí que Simmel encuentre analogías entre la moda y el honor, «cuya doble función consiste en trazar un círculo social cerrado y al mismo tiempo separado de los demás». O con el marco de un cuadro, que «caracteriza a la obra de arte como un todo unitario, orgánico, que forma un mundo por sí, y al mismo tiempo, actuando hacia fuera, rompe todas las vinculaciones con el entorno espacial».
Otra analogía la encontramos en Edmond Goblot, que aunque no ha gozado de la reputación de Veblen, Tarde o Simmel, escribió en 1925 un librito ya clásico, La barrera y el nivel . Goblot -que utiliza como concepto fundamental en su obra el de «juicios de valor» y que repite constantemente en sus trabajos la máxima «pensar es esquematizar»- se ocupa del burgués en estos términos: «Lo que distingue al burgués es la distinción», adelantándose así, por cierto, muchas décadas a Bourdieu (quien por otra parte no cita a Goblot en La distinción ).
La burguesía, dice Goblot, es una clase que reproduce constantemente su prestigio, de modo que la «distinción» le sirve para crear una determinación de nivel (a través de un conjunto de modales y maneras generadas por la educación) y una barrera simbólica. Por eso la moda posee para Goblot, junto a otras funciones (higiénica, púdica y estética), la función distintiva.
 
Merece la pena atender a algunas consideraciones de este texto. Por ejemplo, lo que dice de la novedad al hablar de la función distintiva: «La novedad no puede ser rasgo de clase desde el mismo momento en que aparece; adoptarla demasiado pronto es individualizarse, hacerse notar, situarse fuera... La burguesía adopta las modas en cuanto dejan de sorprender. Al principio lo hace con discreción, moderándolas, suavizándolas. Rápidamente la novedad se convierte en moda: entonces deja de ser excéntrica para ser distinguida».
Pero esta situación, afirma, no puede durar demasiado: cuando la moda ya se ha extendido a toda la clase, la desborda de inmediato; se la imita fuera de la clase, y a partir de ese momento, deja de distinguir. Al principio es una barrera , distintiva pero móvil, y también igualitaria en el nivel .
Cabe aquí recordar una publicación satírica del siglo XVIII , Perepiska Mody , de N. N. Strachov. Convertida en personaje, la Moda llega a Rusia desde Francia y se alegra de encontrar rápidamente un terreno favorable. La Moda no se mezcla con el pueblo, sus dominios son los ambientes ilustrados y nobles. En seguida escribirá a su amiga la Inconstancia: «Ya hace un mes que me encuentro en esta tierra de la Imitación .
 
 
No puedes imaginar cuántas fiestas me han dado [...] Haciendo salvedad de unas cuantas personas sagaces, así son la mayoría de los habitantes de aquí: Yo, la Moda, soy para ellos una especie de divinidad, de quien todos se quejan pero a quien todos se someten, a quien todos muestran odio pero que todos idolatran en el fondo de su corazón. Las locuras y cosas extrañas que invento cada día se convierten en virtudes, distracciones, beatitud. Con mi poder dispongo que lo que es estúpido sea considerado razonable; lo extraño, digno de respeto; lo ridículo, sabio; lo sabio, ridículo; lo inconveniente, conveniente; lo vergonzoso, digno de aplauso; el vicio, virtud y viceversa. Y ello por la extraordinaria influencia que tengo sobre estas gentes».
Y en 1824 Giacomo Leopardi escribe su tan conocido «Dialogo della Moda e della Morte», donde aquélla se presenta a Madama Morte como su hermana, pues ambas son hijas de la Caducidad, y le enumera algunas obras suyas: «[...] yo persuado y obligo a todos los "uomini gentili" a soportar cada día mil fatigas y mil desgracias, y con frecuencia dolores y heridas, y a alguno, a morir gloriosamente por el amor que me profesan».
 
 
Por una parte la moda recibe los epítetos de «caprichosa», «voluble», «extraña», que la caracterizarían como falta de motivación y ejerciendo un auténtico diktat al que nadie puede escapar. Por otra, la moda favorecería con su poder implacable la estabilidad, la inmovilidad, que contradiría la orientación opuesta hacia la novedad, la extravagancia. Por decirlo con Yuri Lotman ( Cultura y explosión ): la moda se convierte casi en la visible encarnación de la novedad inmotivada; lo cual, añade, permite interpretarla ya sea como dominio de caprichos monstruosos, ya sea como esfera de creatividad innovadora.
Por ello sucede que, simultáneamente, la moda tiene que contener como elemento obligatorio la extravagancia y el público no debe entenderla, ha de sentirse indignado por ella. En esto, dice Lotman, consiste el triunfo de la moda, que es un fenómeno de elites y de masas al mismo tiempo. Es fácil colegir la imposibilidad de no seguir la moda. Hasta el punto de que aquel que la rechaza, se convierte en alguien perfectamente simétrico al frenético de la moda o a la fashion victim .
 
 

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